La tabla periódica (III): El hidrógeno, el oxígeno y el fin del folgisto

Hasta mediados del siglo XVIII, el aire era, sencillamente, aire. Invisible, incoloro, omnipresente. Nadie dudaba de que se trataba de una única sustancia. Se respiraba, alimentaba el fuego y llenaba el espacio entre las cosas. Poco más podía decirse de él.
Del mismo modo, la combustión parecía un fenómeno perfectamente explicado gracias a una teoría que gozaba de un enorme prestigio: el flogisto. Según esta idea, toda sustancia combustible contenía un principio invisible llamado flogisto. Cuando un cuerpo ardía, simplemente lo liberaba a la atmósfera. Cuanto mejor ardía una sustancia, más flogisto poseía. La explicación parecía elegante.

El problema era que la naturaleza empezaba a negarse a obedecerla.

El aire deja de ser uno

En 1766, el químico inglés Henry Cavendish observó que al hacer reaccionar hierro o zinc con distintos ácidos se desprendía un gas muy peculiar. Era extraordinariamente ligero. Era altamente inflamable. Y era diferente del aire conocido. Cavendish lo bautizó como «aire inflamable», porque todavía nadie hablaba de hidrógeno. Lo realmente importante no era el nuevo gas. Era la conclusión inevitable. El aire no era una única sustancia. Era una mezcla.

Aquella idea, aparentemente sencilla, abrió una auténtica revolución. En pocos años comenzaron a identificarse nuevos gases con propiedades propias. El aire dejaba de ser un elemento para convertirse en un conjunto de sustancias distintas.

Había nacido la química de los gases.

El aire que hacía arder mejor las cosas

En 1774, otro químico inglés, Joseph Priestley, obtuvo un gas aún más sorprendente al calentar óxido de mercurio con ayuda de una lente que concentraba la luz solar. Las velas ardían con una intensidad desconocida. Los animales respiraban con mayor facilidad.

Priestley creyó haber encontrado el aire más puro posible y, fiel a la teoría dominante, lo llamó «aire desflogisticado». Pensaba que aquel gas era capaz de absorber grandes cantidades de flogisto durante la combustión.

Había descubierto el oxígeno. Pero todavía no lo sabía.

Cuando dos descubrimientos se encuentran

Mientras Cavendish estudiaba el «aire inflamable», comenzó a mezclarlo con el gas obtenido por Priestley. El resultado fue completamente inesperado. Tras provocar una chispa eléctrica, ambos gases desaparecían. Y en las paredes del recipiente aparecían pequeñas gotas de agua. No surgía un nuevo gas. Surgía agua. El experimento era extraordinario, pero nadie comprendía todavía todo su significado.

Lavoisier cambia la pregunta

La pieza definitiva llegó de la mano de Antoine Lavoisier. Mientras otros científicos seguían intentando salvar la teoría del flogisto, Lavoisier decidió olvidarse de ella. En lugar de preguntarse qué abandonaba una sustancia al arder, planteó la cuestión contraria:

– ¿Y si durante la combustión los cuerpos no perdieran algo, sino que lo ganaran?

La respuesta estaba delante de todos. Los metales aumentaban de masa al oxidarse. No podían estar perdiendo una sustancia invisible. Estaban incorporando otra. Aquella sustancia era precisamente el gas descubierto por Priestley. Lavoisier comprendió que la combustión consistía en una combinación química con ese nuevo elemento, al que dio el nombre de oxígeno, del griego oxys (ácido) y genes (generador), porque creyó erróneamente que todos los ácidos lo contenían.

Su interpretación destruía de un solo golpe toda la teoría del flogisto.

El agua deja de ser un elemento

Pero aún quedaba una consecuencia mucho más profunda. Si el «aire inflamable» y el oxígeno podían combinarse para producir agua… entonces el agua no era un elemento. Era un compuesto.

Aquella conclusión derribaba uno de los pilares de la filosofía natural desde la Antigüedad. Durante más de dos mil años, el agua había ocupado un lugar privilegiado entre los cuatro elementos de Aristóteles. Ahora pasaba a convertirse en una simple combinación de dos sustancias más elementales. Por eso Lavoisier rebautizó el «aire inflamable» con un nombre mucho más apropiado: hidrógeno, «el que genera agua».

El nacimiento de la química moderna

La importancia de estos descubrimientos no reside únicamente en haber añadido dos nuevos elementos a la lista conocida. Lo que realmente cambió fue la forma de entender la materia. El aire dejó de ser único, la combustión dejó de ser un misterio, el agua dejó de ser un elemento y la química abandonó definitivamente las explicaciones basadas en entidades invisibles e imposibles de medir.

A partir de ese momento, los elementos ya no serían principios filosóficos. Serían sustancias reales, identificables, cuantificables y comparables. Solo entonces comenzó a tener sentido una pregunta completamente nueva:

– Si existen tantos elementos distintos… ¿habrá algún orden entre ellos?

Esa pregunta conduciría, menos de un siglo después, hasta la tabla periódica de Dmitri Mendeléyev.

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