«El primer principio es que no debes engañarte a ti mismo, y tú eres la persona más fácil de engañar».
— Richard P. Feynman
La pseudociencia como problema histórico
El terraplanismo constituye uno de los fenómenos más llamativos de la cultura científica contemporánea. En una sociedad capaz de observar la Tierra desde el espacio, calcular trayectorias orbitales, establecer redes mundiales de telecomunicaciones y predecir con gran exactitud eclipses, mareas y movimientos planetarios, existen comunidades que sostienen que nuestro planeta no es aproximadamente esférico, sino plano, y que la totalidad de las instituciones científicas, educativas y políticas participa de algún modo en la ocultación de esa realidad. Ante semejante afirmación, la reacción más inmediata suele ser la burla o la simple presentación de pruebas que demuestran la esfericidad terrestre. Sin embargo, desde la perspectiva de la historia y de la historiografía de la ciencia, el problema es bastante más complejo.
Para el historiador de la ciencia, el interés del terraplanismo no reside únicamente en demostrar que sus afirmaciones son falsas. Esa falsedad está suficientemente establecida y no constituye por sí misma una cuestión abierta. Lo verdaderamente relevante consiste en comprender cómo se construyen socialmente las creencias acerca del mundo, por qué determinados grupos dejan de confiar en las instituciones científicas, de qué manera se forma una comunidad alternativa de conocimiento y qué recursos históricos, retóricos y experimentales utiliza para justificar sus convicciones. El terraplanismo debe estudiarse, por tanto, no como una simple ausencia de conocimientos, sino como una forma específica de cultura epistemológica: un sistema que establece qué testimonios son fiables, qué experiencias deben aceptarse, quién merece ser considerado autoridad y qué mecanismos se emplean para neutralizar las pruebas contrarias.
Este enfoque no implica conceder al terraplanismo la misma validez que a la astronomía, la geodesia o la física. Comprender históricamente una creencia no significa reconocerla como científicamente verdadera. La tarea historiográfica exige mantener simultáneamente dos principios. El primero es el reconocimiento de la falsedad empírica de las afirmaciones terraplanistas. El segundo es la necesidad de explicar esas afirmaciones sin reducirlas a una caricatura moral o psicológica. El historiador no debe limitarse a afirmar que los terraplanistas son ignorantes, crédulos o irracionales. Debe preguntarse qué condiciones culturales permiten que esa creencia resulte plausible para quienes la sostienen.
La historia de la ciencia ha mostrado repetidamente que la aceptación de una afirmación científica no depende exclusivamente de que cada individuo reproduzca personalmente todas las observaciones y cálculos que la justifican. La mayor parte de nuestros conocimientos se apoya en cadenas de confianza. Ninguna persona comprueba directamente todos los hechos que acepta. Confiamos en instrumentos que no hemos construido, en observaciones que no hemos realizado, en cálculos que no siempre podemos repetir y en comunidades de especialistas cuyo trabajo solo conocemos parcialmente. La ciencia moderna funciona gracias a una compleja división cognitiva del trabajo. El terraplanismo aparece precisamente allí donde esa confianza se quiebra y es sustituida por otra red de autoridades, experiencias y testimonios.
Por ello, estudiar las pseudociencias desde la historiografía de la ciencia obliga a abordar una cuestión fundamental: la ciencia no es únicamente un conjunto de verdades, sino también una institución histórica. Produce conocimiento mediante universidades, laboratorios, observatorios, academias, revistas, congresos, museos, sistemas educativos, organismos públicos y redes internacionales de colaboración. Cuando una persona rechaza la ciencia, no siempre está rechazando únicamente una teoría. En ocasiones rechaza también las instituciones que la representan, los valores asociados a la experticia o las jerarquías sociales que determinan quién puede hablar con autoridad.
El terraplanismo constituye así un caso particularmente visible de un problema mucho más amplio: la crisis de autoridad del conocimiento experto en las sociedades contemporáneas. Su estudio permite analizar la frontera entre ciencia y pseudociencia, pero también las relaciones entre conocimiento, identidad, poder, religión, medios de comunicación y cultura digital.
La ciencia como construcción histórica
Una de las primeras precauciones que debe adoptar la historiografía consiste en evitar una definición demasiado simple de ciencia. En la enseñanza escolar suele presentarse el llamado método científico como una secuencia ordenada: observación, planteamiento del problema, formulación de una hipótesis, experimentación, análisis de los resultados y establecimiento de una conclusión. Este esquema posee cierto valor pedagógico, pero difícilmente describe toda la diversidad de las prácticas científicas.
Un astrónomo no trabaja exactamente del mismo modo que un biólogo molecular. Un paleontólogo no puede experimentar directamente con la extinción de los dinosaurios, y un cosmólogo no puede introducir el universo en un laboratorio para modificar sus condiciones iniciales. Las ciencias históricas, como la geología, la paleontología o la biología evolutiva, reconstruyen procesos pasados a partir de huellas presentes. La astronomía depende de la observación a distancia y de modelos matemáticos. Las ciencias experimentales pueden manipular ciertos fenómenos, aunque tampoco lo hacen siempre de manera idéntica. Por esta razón, la ciencia no puede definirse mediante la aplicación mecánica de un único procedimiento.
Desde una perspectiva historiográfica, la ciencia puede entenderse mejor como una actividad colectiva e institucionalizada de producción de conocimiento. Sus afirmaciones deben exponerse a la crítica, relacionarse con pruebas públicas, integrarse en teorías coherentes y someterse al examen de comunidades especializadas. Lo decisivo no es que los científicos sean infalibles, sino que existen procedimientos orientados a detectar, discutir y corregir sus errores.
Esta idea es esencial para distinguir la ciencia de la pseudociencia. La ciencia no se diferencia de la pseudociencia porque nunca se equivoque. La historia científica está llena de teorías rechazadas, errores de observación, cálculos incorrectos y controversias mal resueltas. La diferencia fundamental radica en el tratamiento del error. Una práctica científica genuina acepta que sus afirmaciones son provisionales y que pueden ser corregidas cuando aparecen mejores argumentos o nuevas evidencias. La pseudociencia, en cambio, tiende a proteger sus convicciones centrales mediante explicaciones auxiliares que convierten cualquier posible refutación en una confirmación de la teoría.
Este mecanismo se observa claramente en el terraplanismo. Cuando una observación parece contradecir la idea de una Tierra plana, el creyente no suele abandonar el modelo. Puede afirmar que el instrumento ha sido manipulado, que las imágenes han sido falsificadas, que el observador pertenece a la conspiración o que la física convencional ha sido diseñada para encubrir la verdad. De esta forma, el sistema se inmuniza frente a las pruebas. La ausencia de evidencias se interpreta como muestra de lo bien organizada que está la ocultación, mientras que la presencia de pruebas contrarias se considera resultado directo del engaño.
La teoría se vuelve así prácticamente irrefutable, no porque sea especialmente sólida, sino porque ninguna experiencia imaginable puede obligar a abandonarla. Este carácter inmunizado constituye uno de los rasgos más importantes de muchas pseudociencias y teorías conspirativas.
2. Ciencia equivocada y pseudociencia: una distinción necesaria
Uno de los errores más habituales al abordar la historia de la ciencia consiste en identificar toda teoría falsa con una pseudociencia. Si se aplicara ese criterio, una parte considerable de la ciencia del pasado tendría que ser considerada pseudocientífica. La teoría del flogisto, el geocentrismo, la generación espontánea, el éter luminífero o determinadas concepciones hereditarias anteriores a la genética moderna fueron teorías que terminaron siendo rechazadas. Sin embargo, eso no significa que fueran necesariamente pseudocientíficas en su propio contexto histórico.
El sistema astronómico de Claudio Ptolomeo, por ejemplo, situaba la Tierra inmóvil en el centro del cosmos. Desde la perspectiva actual sabemos que esa descripción es incorrecta. No obstante, el modelo ptolemaico fue una construcción matemática extraordinariamente sofisticada, capaz de organizar observaciones y predecir posiciones planetarias con una precisión considerable. Sus defensores no eran simples ignorantes que se negaban caprichosamente a aceptar la verdad. Trabajaban con las evidencias, instrumentos, tradiciones matemáticas y concepciones físicas disponibles en su época.
Considerar pseudocientífico el geocentrismo antiguo porque hoy ha sido superado supondría caer en el presentismo. El presentismo consiste en interpretar el pasado exclusivamente desde las categorías y valores del presente, como si los actores históricos hubieran dispuesto de nuestros conocimientos y estuvieran obligados a razonar exactamente como nosotros. La historiografía contemporánea intenta reconstruir las condiciones intelectuales de cada época antes de juzgar sus teorías.
La pseudociencia no debe definirse únicamente por la falsedad de sus conclusiones. También deben analizarse los procedimientos utilizados para producirlas y defenderlas. Una teoría puede ser científicamente errónea si fue formulada de manera que pudiera ser comprobada, debatida y finalmente abandonada. Por el contrario, una teoría adquiere rasgos pseudocientíficos cuando imita el lenguaje y la apariencia de la ciencia, pero rechaza los mecanismos que permitirían corregirla.
En el terraplanismo contemporáneo no estamos ante una teoría científica antigua que todavía no haya sido superada. Tampoco nos encontramos ante una hipótesis novedosa que compita legítimamente con el modelo esférico. La forma general de la Tierra se conoce mediante una enorme convergencia de evidencias independientes: observaciones astronómicas, mediciones geodésicas, navegación, husos horarios, sombras, eclipses, gravitación, vuelos, telecomunicaciones y observación espacial. El modelo esférico —más exactamente, el de un esferoide oblato con irregularidades— no depende de una única fotografía ni de una sola institución.
Por este motivo, el terraplanismo actual no puede presentarse como una escuela científica minoritaria. Se trata de una reconstrucción alternativa de la realidad que debe ignorar, reinterpretar o atribuir a una conspiración una cantidad inmensa de conocimientos y prácticas independientes.
El problema de la demarcación
La cuestión de cómo distinguir la ciencia de la pseudociencia recibe habitualmente el nombre de problema de la demarcación. Durante buena parte del siglo XX, filósofos e historiadores intentaron establecer algún criterio que permitiera separar de forma clara las afirmaciones científicas de aquellas que no lo eran.
El positivismo lógico destacó la importancia de la verificación empírica. Una afirmación tendría significado científico si pudiera relacionarse con observaciones capaces de confirmarla. Sin embargo, la verificación completa de las leyes universales resulta imposible. No podemos observar todos los casos existentes y futuros para demostrar definitivamente una generalización.
Karl Popper propuso sustituir la verificabilidad por la falsabilidad. Según Popper, una teoría es científica cuando formula afirmaciones que podrían resultar falsas en determinadas circunstancias observables. La ciencia no avanzaría acumulando confirmaciones definitivas, sino proponiendo conjeturas arriesgadas y tratando de refutarlas. Una teoría que explica cualquier resultado posible y que nunca admite estar equivocada no sería verdaderamente científica.
El criterio de Popper resulta especialmente útil para analizar las pseudociencias. El terraplanismo suele formularse de manera que las pruebas contrarias puedan ser absorbidas dentro de la propia teoría. Las fotografías espaciales son falsificaciones; los testimonios de astronautas forman parte del engaño; las mediciones geodésicas han sido manipuladas; las rutas aéreas se ocultan; los experimentos fallidos han sido saboteados. La teoría no establece con claridad qué resultado obligaría a abandonarla.
No obstante, la historiografía de la ciencia ha señalado las limitaciones de una aplicación demasiado rígida del falsacionismo. En la práctica, los científicos no abandonan una teoría en cuanto aparece una observación problemática. Toda prueba depende de instrumentos, cálculos y suposiciones auxiliares. Cuando un resultado no coincide con lo previsto, puede existir un error en el aparato, en el diseño experimental o en la interpretación. La ciencia real es más compleja que un enfrentamiento inmediato entre una teoría y un hecho aislado.
Thomas Kuhn mostró además que la investigación científica se organiza normalmente alrededor de paradigmas compartidos. Un paradigma incluye teorías, métodos, instrumentos, ejemplos de resolución de problemas y criterios de evaluación. Durante los periodos de ciencia normal, los investigadores no someten a duda permanente todos los fundamentos de su disciplina. Trabajan dentro de un marco aceptado e intentan resolver los problemas que ese marco permite plantear.
Las aportaciones de Kuhn han sido utilizadas en ocasiones por los defensores de pseudociencias para presentarse como revolucionarios incomprendidos. Afirman que toda teoría nueva fue inicialmente rechazada y que el consenso científico no es más que un paradigma destinado a ser sustituido. Sin embargo, esta interpretación tergiversa el pensamiento kuhniano. No toda afirmación contraria al consenso constituye una revolución científica. Las revoluciones científicas no se producen mediante la mera denuncia del paradigma existente, sino cuando aparece una alternativa capaz de explicar anomalías, resolver problemas y organizar la investigación de forma más eficaz.
El modelo terraplanista no hace nada de esto. No permite explicar mejor las observaciones astronómicas, las estaciones, los eclipses, las rutas de navegación, los movimientos aparentes del cielo o las variaciones de la gravedad. Para sobrevivir, necesita recurrir a numerosas excepciones y conspiraciones. No sustituye al modelo científico por otro con mayor capacidad explicativa; simplemente rechaza el sistema de conocimientos existente.
Imre Lakatos intentó superar algunas dificultades de Popper y Kuhn mediante el concepto de programa de investigación. Según Lakatos, las teorías científicas no aparecen aisladas, sino formando programas compuestos por un núcleo central y un conjunto de hipótesis auxiliares. Un programa es progresivo cuando produce nuevas predicciones, descubre fenómenos y amplía su poder explicativo. Se vuelve degenerativo cuando se limita a introducir modificaciones destinadas a evitar las refutaciones sin generar nuevos conocimientos.
El terraplanismo puede analizarse como un programa profundamente degenerativo. Sus ajustes teóricos no conducen a descubrimientos independientes. Se introducen para explicar por qué las observaciones no coinciden con el modelo plano. Cada dificultad genera una nueva hipótesis ad hoc: una cúpula, una barrera de hielo, un Sol cercano, una perspectiva especial, una manipulación óptica o una conspiración institucional. Estas explicaciones no forman un modelo unificado y predictivo, sino una acumulación defensiva de respuestas.
La historiografía tradicional y el relato del progreso
Durante mucho tiempo, la historia de la ciencia fue escrita como una narración lineal del progreso humano. Según este relato, la humanidad habría avanzado gradualmente desde el mito y la superstición hasta la razón y la ciencia moderna. Los grandes científicos aparecían como héroes individuales que vencían la ignorancia de su tiempo y descubrían verdades que la naturaleza había mantenido ocultas.
Esta perspectiva, conocida a menudo como historiografía whig, interpretaba el pasado desde el punto de vista de los vencedores. Las teorías que condujeron a la ciencia actual eran consideradas pasos correctos, mientras que las tradiciones derrotadas aparecían como obstáculos, errores o residuos de irracionalidad. La historia se organizaba como una marcha inevitable hacia el presente.
Aplicado al terraplanismo, este esquema produciría una narración sencilla: los antiguos creían que la Tierra era plana; algunos pensadores descubrieron progresivamente su esfericidad; la ciencia moderna acabó imponiendo la verdad; y los terraplanistas actuales representarían un regreso incomprensible a una fase primitiva del pensamiento.
El problema es que esta narración es históricamente falsa y conceptualmente pobre. En primer lugar, no es cierto que durante toda la Antigüedad o la Edad Media predominara entre las personas cultas la creencia en una Tierra plana. La esfericidad terrestre fue defendida en la filosofía griega antigua y estuvo incorporada a importantes tradiciones astronómicas medievales. Aristóteles ofreció argumentos a favor de la esfericidad; Eratóstenes calculó aproximadamente la circunferencia terrestre; y el modelo ptolemaico presuponía una Tierra esférica situada en el centro del cosmos.
En segundo lugar, la identificación de la Edad Media con el terraplanismo fue en gran medida una construcción posterior. Durante los siglos XVIII y XIX, ciertos autores difundieron una imagen de la Edad Media como una época dominada por la ignorancia religiosa, frente a una modernidad científica y racional. Esta interpretación encajaba con una narración del conflicto permanente entre ciencia y religión, pero simplificaba profundamente la historia intelectual medieval.
El conocido relato según el cual Cristóbal Colón tuvo que demostrar ante sabios medievales que la Tierra era redonda constituye un ejemplo de esta mitificación. La controversia no se centraba fundamentalmente en la forma de la Tierra, sino en su tamaño y en la distancia que habría que recorrer navegando hacia occidente para alcanzar Asia. Los críticos de Colón poseían argumentos razonables: el océano era mucho más extenso de lo que él calculaba. El viaje solo resultó viable porque entre Europa y Asia se encontraba un continente desconocido para los europeos.
Esta cuestión resulta especialmente importante para estudiar el terraplanismo. Muchos terraplanistas contemporáneos utilizan la falsa historia de que en la Edad Media todo el mundo creía en una Tierra plana para defender una conclusión paradójica: si la humanidad estuvo equivocada durante siglos, también podría estarlo ahora. Sin embargo, el argumento se apoya en un mito historiográfico creado por la propia cultura moderna.
El principio de simetría y la sociología del conocimiento científico
A partir de la segunda mitad del siglo XX, la historia y la sociología de la ciencia comenzaron a prestar mayor atención a las condiciones sociales de producción del conocimiento. Una de las propuestas más influyentes fue el llamado programa fuerte de la sociología del conocimiento científico, asociado especialmente a la Escuela de Edimburgo y a autores como David Bloor.
Uno de sus principios fundamentales era la simetría. El historiador o sociólogo debía explicar mediante causas del mismo tipo tanto las creencias consideradas verdaderas como las consideradas falsas. No debía suponer que las teorías verdaderas se aceptaban simplemente porque eran racionales, mientras que las falsas necesitaban explicarse mediante prejuicios, intereses o presiones sociales.
El principio de simetría no significa que todas las teorías sean igualmente verdaderas. Tampoco niega la existencia de la realidad material. Su propósito es metodológico: impedir que el historiador utilice el resultado final como única explicación del proceso histórico. Si una teoría triunfó, no basta con afirmar que triunfó porque era verdadera. Hay que estudiar cómo se produjeron las pruebas, cómo circularon, qué instituciones las respaldaron, qué instrumentos permitieron observar los fenómenos y cómo se alcanzó un consenso.
Aplicado al terraplanismo, el principio de simetría exige explicar por qué sus miembros consideran convincentes determinadas pruebas. No basta con repetir que sus argumentos son falsos. Debemos investigar cómo aprenden a interpretar una fotografía, qué vídeos consumen, qué autoridades reconocen, cómo realizan sus experimentos y qué significado social atribuyen a su pertenencia al grupo.
No obstante, el principio de simetría debe utilizarse con cuidado. Una explicación simétrica no equivale a una valoración epistemológica simétrica. El historiador puede analizar con el mismo rigor la astronomía contemporánea y el terraplanismo sin afirmar que ambas poseen la misma capacidad de explicar la realidad. Puede reconstruir las redes sociales de ambas comunidades y, al mismo tiempo, señalar que una de ellas produce predicciones precisas, tecnologías funcionales y resultados contrastables, mientras que la otra no puede ofrecer un modelo coherente.
La ciencia como práctica colectiva
La historiografía contemporánea ha desplazado en gran medida su atención desde las teorías abstractas hacia las prácticas concretas. La ciencia no consiste solo en ideas formuladas por grandes pensadores. También comprende instrumentos, edificios, técnicas de medición, registros, imágenes, rutinas de laboratorio, procedimientos administrativos y formas de comunicación.
Desde este enfoque, saber que la Tierra es aproximadamente esférica no significa únicamente aceptar una proposición. Esa afirmación está incorporada a multitud de prácticas. Los sistemas de navegación, la cartografía, los satélites meteorológicos, la geodesia, las telecomunicaciones y la aviación funcionan sobre la base de modelos terrestres tridimensionales. La esfericidad no es solo una doctrina que se enseña en los libros; es una propiedad integrada en redes técnicas que producen resultados de forma cotidiana.
Esto ayuda a comprender una diferencia fundamental entre ciencia y pseudociencia. La ciencia moderna genera redes de prácticas coordinadas. Una teoría astronómica debe ser compatible con observaciones realizadas desde lugares diferentes, con cálculos matemáticos, con tecnologías de navegación y con fenómenos celestes previsibles. El terraplanismo, en cambio, se sostiene principalmente en la reinterpretación visual de experiencias cotidianas y en la sospecha hacia las instituciones.
Para una persona situada sobre la superficie terrestre, el suelo parece plano. No percibe directamente el movimiento de rotación y no observa a simple vista una curvatura evidente en distancias reducidas. El terraplanismo convierte esa experiencia inmediata en el criterio principal de verdad: si no puedo sentir el movimiento ni ver la curvatura, se concluye que no existen.
La ciencia moderna se desarrolló, sin embargo, precisamente mediante la superación de los límites de la percepción cotidiana. Los instrumentos extienden los sentidos, permiten medir fenómenos imperceptibles y corrigen intuiciones engañosas. No sentimos que la Tierra se mueva, pero eso no impide medir su rotación. Tampoco percibimos directamente los microorganismos, las ondas electromagnéticas o la estructura atómica de la materia.
El conflicto se produce entonces entre dos modelos epistemológicos. En uno, el conocimiento válido procede de observaciones instrumentales, cálculos, registros y comunidades expertas. En el otro, se privilegia la experiencia individual inmediata y se sospecha de cualquier mediación institucional. El lema «investígalo tú mismo», frecuente en las comunidades conspirativas, expresa esa desconfianza. Sin embargo, la supuesta investigación personal depende casi siempre de vídeos, foros, imágenes seleccionadas y argumentos producidos por otros miembros de la comunidad. No elimina la confianza; simplemente traslada la confianza desde las instituciones científicas hacia autoridades alternativas.
El nacimiento del terraplanismo moderno
El terraplanismo contemporáneo no constituye una supervivencia directa de una creencia antigua conservada sin cambios durante siglos. Es, en gran medida, una creación moderna surgida en reacción contra la ciencia moderna.
Una figura fundamental fue Samuel Birley Rowbotham, autor inglés del siglo XIX que publicó obras bajo el nombre de Parallax. Rowbotham defendía lo que denominó astronomía zetética. Según su propuesta, la Tierra era una superficie plana cuyo centro se encontraba aproximadamente en el Polo Norte, mientras que la Antártida constituía una barrera de hielo situada alrededor del borde exterior.
El término «zetético» procedía del verbo griego relacionado con investigar o buscar. Rowbotham pretendía diferenciar su método de la ciencia académica. Afirmaba partir de los hechos directamente observables y rechazaba las teorías que, según él, imponían abstracciones matemáticas sobre la experiencia.
Este punto es historiográficamente muy significativo. El terraplanismo moderno no se presenta como contrario a la razón. Por el contrario, afirma representar una racionalidad más pura y empírica que la ciencia institucional. Sus seguidores no suelen decir que rechazan las pruebas; sostienen que poseen las pruebas verdaderas y que los científicos han abandonado la observación directa.
Rowbotham utilizó, entre otros argumentos, observaciones realizadas en el canal de Old Bedford, un largo canal de drenaje inglés. Sostenía que la visibilidad de determinados objetos a gran distancia demostraba que la superficie del agua no presentaba curvatura. Sin embargo, estos experimentos no controlaban adecuadamente fenómenos como la refracción atmosférica. Cuando se realizaron observaciones posteriores con diseños más precisos, los resultados fueron compatibles con la curvatura terrestre.
La relevancia de Rowbotham no radica únicamente en sus errores experimentales. Su obra estableció buena parte del repertorio retórico que continúa presente en el terraplanismo actual: la oposición entre experiencia directa y teoría matemática, la denuncia de una ciencia dogmática, la apelación al sentido común, la reinterpretación de experimentos sencillos y la presentación del investigador independiente como figura moralmente superior al experto institucional.
Durante el siglo XX aparecieron organizaciones destinadas a mantener y difundir estas ideas, entre ellas distintas versiones de la Flat Earth Society. No obstante, el terraplanismo permaneció durante mucho tiempo como una creencia marginal. Su expansión reciente debe relacionarse con las transformaciones de la comunicación digital.
Internet y la formación de comunidades epistemológicas alternativas
Las redes sociales y las plataformas de vídeo han modificado profundamente la circulación del conocimiento. En el modelo tradicional de comunicación científica, la información pasa por una serie de filtros: formación universitaria, instituciones de investigación, revisión por especialistas, publicaciones académicas, medios de comunicación y sistemas educativos. Estos filtros pueden presentar problemas y sesgos, pero también cumplen funciones de control.
Internet reduce algunas de esas barreras. Cualquier persona puede producir contenidos, presentar experimentos, interpretar imágenes y alcanzar una audiencia considerable sin someter sus afirmaciones a evaluación experta. Esta democratización de la comunicación posee aspectos positivos, pero también facilita la difusión de contenidos pseudocientíficos.
Los algoritmos de recomendación desempeñan un papel especialmente importante. Una persona que visualiza contenidos críticos con una explicación científica puede recibir progresivamente vídeos más extremos. La repetición produce familiaridad, y la familiaridad puede confundirse con credibilidad. Al mismo tiempo, los comentarios, foros y emisiones en directo crean comunidades en las que los participantes reciben reconocimiento y apoyo.
El terraplanismo no ofrece solamente una explicación sobre la forma de la Tierra. Proporciona una identidad. Quien se incorpora a la comunidad puede comenzar a considerarse una persona despierta, crítica y capaz de ver aquello que la mayoría no percibe. El conocimiento se transforma en una distinción moral entre quienes han abierto los ojos y quienes permanecen engañados.
Esta estructura dificulta la corrección mediante la simple presentación de datos. Cuando una creencia se integra en la identidad personal, abandonarla implica algo más que reconocer un error factual. Puede significar perder una comunidad, aceptar que se ha confiado en fuentes equivocadas y regresar al mundo de instituciones que se habían identificado como enemigas.
Por esta razón, la lucha contra la pseudociencia no puede reducirse a una acumulación de información. Es necesario comprender las dimensiones afectivas y sociales de las creencias.
Terraplanismo, conspiración y crisis de confianza
El terraplanismo contemporáneo depende necesariamente de una teoría conspirativa. La cantidad de conocimientos incompatibles con una Tierra plana es tan grande que su rechazo exige suponer una coordinación extraordinaria entre agencias espaciales, gobiernos, universidades, compañías aéreas, navegantes, cartógrafos, meteorólogos, astrónomos aficionados, ingenieros y sistemas educativos.
La conspiración cumple una función epistemológica. Permite explicar por qué todas las autoridades reconocidas sostienen una idea diferente. La unanimidad de los especialistas no se interpreta como resultado de la acumulación de pruebas, sino como evidencia del control institucional.
Este razonamiento produce una inversión de la carga de la prueba. Cuantas más personas e instituciones contradicen la teoría, mayor parece ser el alcance de la conspiración. De este modo, el consenso deja de constituir una razón para confiar y se transforma en motivo de sospecha.
Históricamente, esta desconfianza no surge en el vacío. Las instituciones científicas y políticas han cometido abusos, ocultado información y participado en proyectos relacionados con intereses militares, económicos o coloniales. La industria del tabaco manipuló durante décadas la percepción pública de los riesgos sanitarios; determinadas empresas han intentado crear dudas sobre el cambio climático; y existen casos documentados de experimentación médica sin consentimiento. Estos antecedentes muestran que la confianza no debe ser ciega.
Sin embargo, reconocer la existencia de conflictos de interés no significa que todas las teorías conspirativas sean plausibles. La crítica razonada exige examinar pruebas concretas, distinguir instituciones y evaluar la posibilidad material de las conspiraciones propuestas. El terraplanismo transforma una desconfianza que podría ser legítima en una sospecha absoluta, imposible de refutar.
La historiografía de la ciencia puede ayudar a desarrollar una confianza crítica. Esta posición evita tanto la obediencia automática a cualquier autoridad científica como el rechazo indiscriminado de toda experticia. La confianza crítica se basa en conocer cómo se produce el conocimiento, qué controles existen, cómo se detectan los errores y qué grado de consenso se ha alcanzado.
Los experimentos terraplanistas y el problema de la observación
Una característica frecuente de los movimientos terraplanistas es la realización de experimentos propios. Esto puede parecer inicialmente una actitud científica: observar, medir y comprobar. Sin embargo, la existencia de un experimento no garantiza por sí misma el carácter científico de una investigación.
Todo experimento requiere un diseño adecuado, control de variables, calibración de instrumentos, tratamiento de errores, repetición y disposición a aceptar resultados contrarios a las expectativas. Además, las observaciones no se interpretan de manera automática. Dependen de teorías que permiten establecer qué se está midiendo y qué factores pueden afectar al resultado.
Los terraplanistas tienden a considerar que existe una oposición absoluta entre hechos y teorías. Según esta concepción, ellos observarían hechos puros, mientras que la ciencia oficial impondría interpretaciones abstractas. La historia de la ciencia muestra, sin embargo, que toda observación está parcialmente guiada por conocimientos previos. Mirar a través de un telescopio, interpretar una imagen o utilizar un nivel requiere aprendizaje.
Cuando un experimento terraplanista produce un resultado compatible con la rotación o la curvatura terrestre, suelen aparecer estrategias destinadas a conservar la creencia. Se cuestiona el aparato, se modifica la interpretación o se introduce una causa externa. Esto no es completamente ajeno a la ciencia, porque los científicos también revisan instrumentos y procedimientos ante resultados inesperados. La diferencia aparece en la trayectoria colectiva: en la ciencia, las anomalías pueden acumularse hasta provocar una modificación teórica; en la pseudociencia, las anomalías tienden a ser neutralizadas indefinidamente.
El terraplanismo como pseudociencia
Podemos considerar que el terraplanismo contemporáneo posee carácter pseudocientífico porque combina una pretensión explícita de conocimiento sobre la naturaleza con prácticas que imitan selectivamente la ciencia, pero rechazan sus mecanismos de control.
Emplea experimentos, gráficos, términos técnicos y apelaciones a la observación. No se presenta normalmente como una creencia puramente religiosa o simbólica, sino como una descripción física del planeta. Por tanto, formula afirmaciones que entran en el terreno empírico.
No obstante, carece de un modelo unificado capaz de explicar conjuntamente los fenómenos relevantes. Diferentes terraplanistas sostienen concepciones incompatibles acerca del movimiento del Sol, la naturaleza de la gravedad, la altura de los astros o la estructura de los bordes terrestres. Esta diversidad no se resuelve mediante investigaciones que permitan seleccionar las propuestas más eficaces.
El terraplanismo tampoco genera una investigación progresiva. Sus defensores dedican buena parte de su actividad a reinterpretar pruebas favorables al modelo esférico, pero raramente producen predicciones novedosas y precisas que puedan confirmarse de manera independiente. No existe una geodesia terraplanista funcional, una astronomía terraplanista capaz de superar las predicciones convencionales ni un sistema de navegación global basado coherentemente en un mapa plano.
La pseudociencia aparece aquí no como una ausencia completa de actividad investigadora, sino como una imitación parcial. Se adoptan los signos externos de la ciencia —experimentos, lenguaje técnico, imágenes, conferencias— sin aceptar plenamente las normas que permiten la revisión y corrección colectiva.
Cómo tratar el terraplanismo desde la enseñanza de la historia de la ciencia
El tratamiento didáctico del terraplanismo no debería comenzar necesariamente con una lista de pruebas de la esfericidad terrestre. Esas pruebas son importantes, pero la historia de la ciencia permite ir más allá y convertir el caso en una reflexión sobre la construcción del conocimiento.
En primer lugar, conviene desmontar el mito de que la humanidad creyó universalmente en una Tierra plana hasta la llegada de la ciencia moderna. El alumnado puede analizar textos y modelos de Aristóteles, Eratóstenes y Ptolomeo, así como la transmisión medieval de la cosmología esférica. De este modo se evita reproducir una visión simplista de la historia como combate entre oscuridad medieval y razón moderna.
En segundo lugar, debe mostrarse que conocer la forma de la Tierra fue un proceso relacionado con observaciones, mediciones y prácticas sociales. El cálculo de Eratóstenes resulta especialmente útil porque permite comprender cómo una conclusión sobre la forma y el tamaño del planeta puede obtenerse mediante sombras, geometría y comparación entre lugares.
En tercer lugar, es necesario trabajar la diferencia entre error científico y pseudociencia. El alumnado debe comprender que una teoría rechazada no fue necesariamente absurda en su contexto. Esto permite evitar la idea de que la ciencia avanza porque unos genios descubren verdades evidentes que todos los demás se niegan irracionalmente a aceptar.
También resulta útil analizar materiales terraplanistas reales, siempre seleccionados cuidadosamente. El objetivo no sería ridiculizar a sus autores, sino identificar sus estrategias argumentativas: apelación al sentido común, selección interesada de pruebas, desconfianza indiscriminada, inversión de la carga de la prueba, uso de excepciones ad hoc y creación de una identidad entre iniciados.
Este análisis debe acompañarse de una reflexión sobre las fuentes. ¿Quién produce una información? ¿Qué procedimientos ha seguido? ¿Puede contrastarse? ¿Cómo responde a las críticas? ¿Existen observaciones independientes? ¿Qué consecuencias tendría que la afirmación fuera verdadera? Estas preguntas permiten enseñar pensamiento crítico sin convertirlo en simple desconfianza.
Porque el pensamiento crítico no consiste en dudar de todo. Una duda absoluta sería intelectualmente paralizante. Pensar críticamente significa graduar la confianza de acuerdo con la calidad de las pruebas, la transparencia de los métodos y la convergencia de fuentes independientes.
Los límites de la burla
La ridiculización del terraplanismo puede resultar tentadora. Sus afirmaciones contradicen conocimientos elementales y algunas de sus explicaciones parecen absurdas. Sin embargo, la burla suele ser ineficaz desde el punto de vista educativo.
Cuando una persona identifica su creencia con su identidad y con su comunidad, el ataque personal refuerza la sensación de persecución. La reacción hostil de los demás puede incorporarse a la narrativa conspirativa: si se burlan de nosotros es porque temen la verdad o porque han sido adoctrinados.
Esto no significa que todas las afirmaciones deban tratarse como igualmente razonables. Es posible señalar con claridad que el terraplanismo es falso y explicar por qué. Pero conviene distinguir entre criticar una afirmación y humillar a quien la sostiene.
Una intervención educativa eficaz debería intentar descubrir qué razones concretas han llevado a aceptar la creencia. Algunas personas se sienten atraídas por experiencias visuales mal interpretadas; otras por convicciones religiosas; otras por una desconfianza política generalizada; y otras por el deseo de pertenecer a una comunidad. Las respuestas deben adaptarse a esas motivaciones.
La historiografía ofrece una ventaja en este terreno porque muestra la ciencia como una actividad humana, no como una colección de dogmas pronunciados por autoridades infalibles. Reconocer controversias, errores e intereses históricos puede aumentar la credibilidad de la explicación científica, siempre que se muestre también cómo la ciencia ha desarrollado mecanismos de autocorrección.
La falsa equivalencia entre consenso y dogma
Uno de los argumentos habituales de la pseudociencia sostiene que aceptar el consenso científico equivale a obedecer un dogma. Según esta idea, el verdadero pensamiento crítico exigiría adoptar posiciones contrarias a la mayoría.
Este razonamiento confunde consenso con unanimidad impuesta. Un consenso científico no es verdadero simplemente porque muchas personas lo compartan. Su importancia deriva del proceso mediante el cual se ha construido. Cuando investigadores de instituciones y países diferentes, utilizando métodos independientes, alcanzan resultados compatibles, el consenso adquiere un peso considerable.
La existencia de desacuerdos dentro de la ciencia no debilita necesariamente ese consenso. Los científicos pueden debatir sobre detalles, mecanismos o interpretaciones sin cuestionar el núcleo general de una teoría. En biología evolutiva existen controversias sobre ritmos, niveles de selección o importancia relativa de distintos procesos, pero esas controversias no implican que la evolución de las especies esté en duda.
En el caso de la forma de la Tierra, el consenso no depende de la obediencia a una autoridad central. Es el resultado de conocimientos procedentes de numerosas disciplinas y prácticas. Para que el planeta fuera plano, tendrían que ser erróneos de manera coordinada no solo los astrónomos, sino también navegantes, ingenieros, geógrafos, físicos, meteorólogos y operadores de satélites.
La historiografía permite estudiar cómo se forman estos consensos y evita presentarlos como verdades reveladas. Precisamente porque el consenso tiene una historia, pueden examinarse sus fundamentos. Pero que tenga una historia no significa que sea arbitrario.
Relativismo, constructivismo y verdad científica
Las perspectivas sociológicas y constructivistas sobre la ciencia han sido acusadas en ocasiones de favorecer el relativismo y de haber contribuido indirectamente a la expansión de las pseudociencias. Según esta crítica, si la ciencia se presenta como una construcción social, cualquier creencia podría considerarse igualmente válida.
Sin embargo, esta conclusión parte de una confusión. Afirmar que el conocimiento científico se construye socialmente no significa que la realidad sea inventada libremente por la sociedad. Significa que el conocimiento se produce mediante comunidades, lenguajes, instrumentos e instituciones históricas. La naturaleza impone resistencias. No cualquier teoría permite construir un puente, predecir un eclipse o enviar una nave a otro planeta.
El constructivismo historiográfico analiza cómo determinados hechos llegan a estabilizarse como conocimientos aceptados. Estudia el proceso, no niega necesariamente el resultado. La forma de la Tierra es conocida mediante prácticas sociales, pero no depende del deseo de la sociedad. Una comunidad podría acordar que la Tierra es plana y seguiría encontrando dificultades insuperables para explicar los fenómenos observados.
La historia de la ciencia debe evitar dos extremos. El primero es el realismo ingenuo, según el cual los hechos hablan por sí mismos y la ciencia simplemente los descubre sin mediaciones culturales. El segundo es un relativismo absoluto en el que todas las afirmaciones serían equivalentes. Entre ambos existe una posición más sólida: la realidad no se construye arbitrariamente, pero nuestro acceso a ella se produce mediante prácticas históricas y sociales.
Conclusión
El terraplanismo no debe estudiarse únicamente como una colección de errores astronómicos. Constituye un fenómeno que permite examinar la naturaleza de la ciencia, la construcción de la autoridad experta, la circulación social del conocimiento y las crisis de confianza contemporáneas.
Desde la historiografía de la ciencia, el primer objetivo consiste en desmontar las narraciones históricas simplistas. La humanidad no pasó de una creencia medieval universal en la Tierra plana a una repentina iluminación moderna. La esfericidad terrestre fue defendida y estudiada desde la Antigüedad, aunque dentro de modelos cosmológicos diferentes de los actuales.
El segundo objetivo es distinguir cuidadosamente entre teorías históricas erróneas y pseudociencias. Una teoría no se convierte en pseudocientífica por haber sido abandonada. La pseudociencia se caracteriza por su relación problemática con las pruebas, la crítica y la posibilidad de corrección.
El tercer objetivo consiste en comprender el terraplanismo como una comunidad epistemológica alternativa. Sus miembros no se consideran enemigos de la razón, sino investigadores independientes que desafían una autoridad corrupta. Para combatir eficazmente sus afirmaciones es necesario analizar esa identidad y no limitarse a repetir datos.
Por último, el estudio del terraplanismo demuestra que la alfabetización científica no puede consistir solo en memorizar resultados. Una persona puede saber que la Tierra es esférica sin comprender cómo se ha construido ese conocimiento. La educación científica e histórica debe enseñar a evaluar fuentes, reconocer procedimientos fiables, comprender la función de los instrumentos y distinguir la crítica razonada de la sospecha indiscriminada.
La respuesta más sólida frente a la pseudociencia no es una imagen idealizada de una ciencia infalible. Es una comprensión histórica de la ciencia como actividad humana, falible, colectiva y autocorrectiva. La ciencia merece confianza no porque nunca se equivoque, sino porque ha desarrollado procedimientos públicos para descubrir sus errores y porque sus conocimientos deben enfrentarse continuamente a la resistencia de la realidad.
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