A propósito del principio antrópico

Imagina la última puesta de sol del universo. No tiene por qué ser nuestro Sol. De hecho, para entonces la Tierra habrá desaparecido desde hace un tiempo inconcebiblemente largo. Imagina otro mundo, alrededor de otra estrella, en una época tan remota que todas las historias humanas, todas nuestras guerras, nuestros poemas, nuestros nombres y nuestras preguntas se hayan perdido mucho más allá de cualquier posibilidad de recuerdo. Queda todavía una estrella moribunda sobre algún horizonte. Su luz atraviesa una atmósfera y se descompone en rojos, violetas y naranjas. Quizá haya nubes. Quizá un océano refleje durante unos minutos aquella luz. Desde el punto de vista de la física, puede ocurrir todo lo necesario para que nosotros, de estar allí, dijéramos que estamos contemplando una puesta de sol extraordinariamente bella.

Pero no hay nadie. Ni seres humanos, ni animales, ni extraterrestres, ni máquinas conscientes. Ningún ojo. Ningún cerebro. Ninguna conciencia capaz de experimentar aquello que está sucediendo.

Y entonces aparece una pregunta aparentemente sencilla:

¿esa puesta de sol sería bella?

Si respondemos que sí, estamos concediendo a la belleza una existencia independiente de nosotros. El universo puede contener belleza aunque nadie llegue jamás a contemplarla. Habría estrellas hermosas en galaxias que ningún telescopio verá, paisajes extraordinarios en planetas que nunca serán visitados y colores que se sucederán durante millones de años ante absolutamente nadie.

Pero si respondemos que no, la conclusión resulta mucho más inquietante: quizá la belleza no esté enteramente en las cosas. Quizá necesite una conciencia. Quizá el universo pueda producir luz sin ojos, pero no belleza. Y entonces la última puesta de sol del universo no sería triste. Porque para ser triste también necesitaría a alguien.

El árbol que cae cuando nadie escucha

Existe una vieja pregunta filosófica que plantea prácticamente el mismo problema de una manera mucho más humilde: si un árbol cae en medio de un bosque y no hay nadie allí para escucharlo, ¿hace ruido?

La respuesta parece obvia hasta que intentamos precisar qué significa la palabra ruido. Desde el punto de vista físico, no hay demasiado misterio. El árbol golpea el suelo, desplaza el aire y produce variaciones de presión que se propagan por el entorno. Esas ondas existen independientemente de que haya alguien allí. Podríamos incluso dejar un instrumento de medición y registrar posteriormente el fenómeno. Pero una onda de presión no es necesariamente lo mismo que un sonido. El sonido que experimentamos —el crujido de las ramas, el golpe seco del tronco contra la tierra— aparece cuando determinadas ondas son recogidas por un sistema auditivo, transformadas en impulsos nerviosos y procesadas por un cerebro. Por eso la pregunta cambia radicalmente dependiendo de nuestra definición: si sonido significa ondas mecánicas propagándose por un medio, sí; si significa una experiencia auditiva, no hay sonido sin alguien capaz de oír.

Y esto parece una cuestión semántica, pero conduce a un problema enorme. Porque podemos hacer exactamente lo mismo con el color.

Una manzana refleja determinadas longitudes de onda electromagnéticas. Pero ¿es roja cuando nadie la mira? El rojo no viaja desde la manzana hasta nuestros ojos como una pequeña propiedad roja adherida a los fotones. Lo que llega es radiación electromagnética. El color es la experiencia que un sistema visual construye a partir de esa información.

Podemos continuar.

Una molécula puede activar determinados receptores químicos. Pero ¿existe su olor si no hay ningún organismo capaz de olerla? Un alimento contiene moléculas y posee determinadas propiedades químicas. Pero ¿es dulce en un universo sin lenguas, receptores gustativos ni cerebros? ¿Puede algo resultar doloroso sin un sistema nervioso? ¿Puede algo ser agradable sin alguien capaz de experimentar placer?Y finalmente: ¿puede algo ser bello sin alguien capaz de experimentar belleza?

Berkeley y un mundo que necesita ser percibido

Estas preguntas tienen una larga genealogía filosófica. Una de sus formulaciones más radicales apareció en el siglo XVIII con George Berkeley. Berkeley defendió una tesis que suele resumirse mediante la expresión latina esse est percipi: ser es ser percibido. En su filosofía, aquello que llamamos objetos físicos no constituye una materia independiente escondida detrás de nuestras percepciones, sino conjuntos de ideas percibidas por una mente. Su propuesta es bastante más sofisticada que la caricatura de que «las cosas desaparecen cuando cierro los ojos», entre otras razones porque Berkeley introduce a Dios como perceptor permanente del mundo.

No necesitamos aceptar su idealismo para reconocer la potencia de la pregunta que dejó abierta. ¿Qué parte del mundo pertenece al mundo y qué parte aparece únicamente cuando el mundo se encuentra con una conciencia?

La ciencia moderna permite separar ambas cosas con bastante precisión en determinados casos. Existen longitudes de onda, pero también existe el color. Existen variaciones de presión, pero también existe el sonido. Existen moléculas, pero también existen sabores y olores. Lo primero podemos describirlo en tercera persona. Lo segundo ocurre en primera persona. Y entre ambos mundos hay un cerebro.

El universo que podemos observar es necesariamente un universo en el que podemos existir

Aquí aparece una conexión fascinante con una idea procedente de la cosmología: el principio antrópico.

El nombre fue introducido por el físico Brandon Carter en 1974, aunque había antecedentes importantes, entre ellos los trabajos de Robert Dicke. Carter formuló una observación aparentemente trivial: aquello que podemos esperar observar está necesariamente condicionado por las condiciones que permiten nuestra existencia como observadores.

Dicho de otra manera: no debería sorprendernos descubrir que vivimos en una región del universo compatible con nuestra existencia. No podríamos observar otra. Esto parece casi una tautología. Si un pez adquiriese conciencia y comenzara a estudiar el cosmos desde el fondo del océano, quizá se maravillaría de la extraordinaria coincidencia de encontrarse precisamente en un lugar lleno de agua. Pero existe un evidente efecto de selección: los peces capaces de hacerse esa pregunta necesariamente aparecerían en lugares donde pudieran existir peces.

Algo parecido ocurre con nosotros. Vivimos alrededor de una estrella relativamente estable, en un planeta donde puede existir agua líquida, en una época determinada de la historia cósmica y bajo unas leyes físicas compatibles con la aparición de estructuras complejas. Nuestra posición no tiene por qué ser típica del universo. Lo único inevitable es que sea compatible con nuestra existencia. Es lo que hoy suele describirse como un efecto de selección del observador.

Carter distinguió entre las formulaciones débil y fuerte del principio. La versión débil señala, esencialmente, que nuestra posición espacio-temporal está necesariamente condicionada por nuestra existencia. La formulación fuerte extiende el razonamiento hacia las propiedades fundamentales del universo: un universo observado por seres conscientes debe poseer propiedades compatibles con la aparición de observadores. El propio Carter mostró posteriormente más reservas hacia la versión fuerte que hacia la débil.

Esto es importante porque el principio antrópico no afirma necesariamente que el universo haya sido creado para nosotros. Esa interpretación teleológica es posible dentro de determinadas filosofías o teologías, pero no está contenida en el principio débil. John Barrow y Frank Tipler popularizaron enormemente el debate con The Anthropic Cosmological Principle (1986), y desde entonces las distintas formulaciones antrópicas han participado en discusiones sobre cosmología, ajuste fino, multiverso, probabilidad, filosofía y teología.

La formulación más prudente es mucho menos espectacular y, precisamente por eso, mucho más interesante: todo universo observado es, necesariamente, un universo compatible con la existencia de observadores. No sabemos cómo es el universo desde ninguna parte. Porque nosotros siempre estamos en alguna parte.

La trampa del observador

Imagina millones de planetas. La inmensa mayoría son absolutamente incompatibles con la vida. Temperaturas imposibles, radiación extrema, atmósferas tóxicas, estrellas inestables. Solo uno entre millones permite que aparezca un ser inteligente. Ese ser levanta la vista y dice:

—Qué extraordinario. Precisamente mi planeta tiene las condiciones necesarias para que yo exista.

Tiene razón. Pero está olvidando algo. En los otros millones de planetas no había nadie capaz de sorprenderse. Nuestra propia existencia filtra aquello que podemos observar.

John Leslie propuso una analogía célebre relacionada con estos problemas de selección. Imaginemos un prisionero frente a un pelotón de fusilamiento. Cincuenta tiradores disparan y, extraordinariamente, todos fallan. El prisionero piensa: «No debería sorprenderme de seguir vivo; si hubieran acertado, no estaría aquí para sorprenderme». Hay algo correcto en el razonamiento. Pero también algo profundamente insatisfactorio. Porque cincuenta tiradores fallando simultáneamente continúan siendo algo extraordinario que merece explicación. Nuestra capacidad para observar el resultado depende de haber sobrevivido, pero eso no convierte automáticamente el resultado en irrelevante. Precisamente este tipo de ejemplos muestra lo delicado que resulta razonar cuando la existencia del observador forma parte de las condiciones del problema.

¿Y si cambiamos «existencia» por «belleza»?

Aquí podemos abandonar momentáneamente la cosmología y hacer algo quizá filosóficamente imprudente, pero hermoso. Aplicar la intuición del observador a nuestra puesta de sol. No como una formulación científica del principio antrópico —conviene no confundirlas—, sino como una prolongación filosófica de la pregunta.

El universo existió durante miles de millones de años antes de que aparecieran seres humanos. Hubo supernovas antes de que existieran astrónomos. Galaxias colisionaron sin que nadie pudiera contemplarlas. Hubo amaneceres antes de que existiera la palabra amanecer. La física de aquellos acontecimientos no necesitaba espectadores. Pero ¿su belleza? Aquí ya no estamos haciendo cosmología. Estamos entrando en estética.

Podemos adoptar una posición realista y pensar que determinadas relaciones —simetría, complejidad, proporción, contraste, estructura— son bellas independientemente de que alguien las contemple. Según esta intuición, nosotros no fabricamos la belleza de una nebulosa; simplemente tenemos la fortuna de descubrirla. O podemos adoptar una posición relacional. La belleza no estaría exclusivamente en el objeto ni exclusivamente en nuestra cabeza. Aparecería en la relación entre determinadas propiedades del mundo y determinados seres capaces de experimentarlas. Eso permitiría decir algo bastante extraño: antes de que existieran seres conscientes había estrellas, pero quizá todavía no había cielos hermosos.

Un universo sin música

Hagamos otro experimento. Imagina que desaparece toda forma de conciencia del universo, pero dejamos funcionando durante unos minutos una orquesta automática. Los violines continúan vibrando. El aire continúa transmitiendo ondas. Un espectrómetro podría describir perfectamente sus frecuencias. Pero ¿continúa existiendo la música? Hay una diferencia entre una sucesión matemáticamente ordenada de ondas acústicas y escuchar el segundo movimiento de la Séptima de Beethoven.

Podemos describir la frecuencia de cada nota, su intensidad, duración y composición armónica. Y, sin embargo, ninguna de esas magnitudes contiene por sí sola la melancolía. ¿Dónde está entonces la melancolía? No está simplemente en las ondas. Pero tampoco parece completamente arbitraria. Está en alguna parte de la relación entre una estructura física, un cerebro, una biografía, una cultura y una conciencia.

Algo parecido ocurre con un poema. Podemos imprimir un soneto en una hoja y dejarla abandonada en Marte durante diez millones de años. La tinta seguirá formando letras. Las letras conservarán objetivamente determinada disposición. Pero durante esos diez millones de años, ¿existirá el poema? ¿O habrá solamente manchas de tinta esperando una mente capaz de convertirlas nuevamente en lenguaje?

El universo antes de nosotros

Existe algo profundamente desconcertante en imaginar la Tierra antes de la vida consciente. Hubo puestas de sol durante miles de millones de años. El océano reflejaba el cielo. Las tormentas atravesaban continentes.La nieve cubría montañas que ningún ser humano había nombrado.

Si aceptamos que la belleza necesita alguna forma de conciencia, tendríamos que decir que durante una enorme parte de la historia de nuestro planeta hubo paisajes pero quizá no hubo paisaje en el sentido estético. Hasta que algún animal miró. No sabemos cuál. Ni siquiera sabemos qué significa exactamente mirar en este contexto. Tal vez la experiencia estética tenga antecedentes evolutivos muy anteriores a nosotros. Quizá determinados animales experimenten formas de placer ante colores, simetrías, sonidos o paisajes. La selección sexual —desde las plumas de un pavo real hasta complejas exhibiciones y cantos— hace especialmente difícil sostener que toda sensibilidad hacia determinados patrones comenzó con Homo sapiens.

La frontera podría estar mucho más atrás. Pero la pregunta permanece. En algún momento de la historia del universo ocurrió algo extraordinario: una parte de la materia comenzó a experimentar al resto de la materia. Átomos procedentes de antiguas estrellas terminaron organizándose de tal manera que podían contemplar otras estrellas. Y algunos de esos átomos dijeron: «Qué hermoso«.

Copérnico tenía razón. Pero quizá no toda la razón.

La revolución copernicana nos expulsó del centro. La Tierra no ocupa el centro del sistema solar. El Sol es una estrella ordinaria entre cientos de miles de millones. Nuestra galaxia tampoco ocupa ningún lugar especial conocido. La cosmología moderna ha convertido la antigua pretensión de centralidad humana en algo difícilmente sostenible.

Carter formuló precisamente su principio antrópico como una reacción contra lo que consideraba una aplicación excesivamente rígida del principio copernicano. No pretendía devolvernos al centro geométrico del cosmos. Señalaba algo mucho más sutil: no somos observadores situados al azar. Nuestra posición está condicionada por el hecho elemental de que debemos poder existir allí donde nos encontramos. No somos el centro del universo. Pero somos uno de los lugares donde, hasta donde sabemos, el universo puede ser contemplado. Y esa diferencia es extraordinaria.

La última puesta de sol

Volvamos entonces al final. La última estrella. El último planeta. El último horizonte. Durante unos minutos, la luz atraviesa una atmósfera moribunda y el cielo adquiere colores que ningún ser consciente llegará jamás a contemplar.

¿Es bella? Quizá sí. Quizá la belleza pertenece al universo y nosotros solamente la descubrimos. Quizá no. Quizá existen ondas electromagnéticas, estructuras, simetrías y colores potenciales, pero la belleza solo aparece cuando todo eso encuentra una conciencia capaz de emocionarse.

O quizá la pregunta está mal planteada.

Quizá la belleza no esté ni completamente fuera ni completamente dentro.

Quizá sea un acontecimiento. Algo que sucede cuando una determinada configuración del mundo se encuentra con una determinada clase de mente. Como el sonido entre la onda y el oído. Como el rojo entre la luz y el cerebro. Como la música entre la vibración y quien escucha. Como el poema entre las palabras y quien las comprende.

Entonces una puesta de sol no sería simplemente algo que está ahí esperando ser contemplado. La belleza sucedería entre el cielo y nosotros. Y eso cambia ligeramente nuestra manera de imaginar el principio antrópico. No porque el universo necesite seres humanos para existir. Ni porque haya sido construido para que nosotros pudiéramos contemplarlo. La física no nos concede semejante privilegio.

Es algo mucho más modesto. Y, para mí, mucho más hermoso.

Durante miles de millones de años, el universo produjo estrellas, planetas, océanos, moléculas y finalmente cerebros. Y con ellos apareció algo nuevo: la posibilidad de que una parte diminuta del universo pudiera contemplar el resto y preguntarse qué significaba. Tal vez aquella última puesta de sol siga siendo bella cuando ya no quede nadie. O tal vez la belleza desaparezca con los últimos ojos.

No tenemos forma de saberlo. Pero esta noche todavía estamos aquí.

Y podemos mirar.

Referencias para continuar

Barrow, J. D., & Tipler, F. J. (1986). The Anthropic Cosmological Principle. Oxford University Press.

Berkeley, G. (1710). A Treatise Concerning the Principles of Human Knowledge.

Carter, B. (1974). Large number coincidences and the anthropic principle in cosmology. En M. S. Longair (Ed.), Confrontation of Cosmological Theories with Observational Data (pp. 291–298). D. Reidel. (stafforini.com)

Carter, B. (1983). The anthropic principle and its implications for biological evolution. Philosophical Transactions of the Royal Society of London A, 310, 347–363. (sseh.uchicago.edu)

Leslie, J. (1989). Universes. Routledge.

Para una introducción contemporánea a los efectos de selección del observador y su relación con el ajuste fino cosmológico, resulta especialmente útil la síntesis de la Stanford Encyclopedia of Philosophy. (plato.stanford.edu)

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