La ciencia de las coincidencias

Hay coincidencias que parecen demasiado perfectas para ser solo coincidencias. Llegar a un lugar cinco minutos más tarde de lo que habías previsto y encontrarte precisamente con aquella persona. Aceptar una invitación que estabas a punto de rechazar. Elegir una mesa y no otra. Abrir un libro por una página cualquiera y encontrar una frase que parece escrita exactamente para el momento que estás viviendo. Conocer a alguien entre miles de personas posibles y descubrir, tiempo después, que aquel encuentro ha acabado desviando silenciosamente el curso de tu vida.

Es difícil resistirse a hacer números. ¿Qué probabilidad había. La pregunta es preciosa. Y probablemente está mal planteada.

La física se enfrenta a un problema sorprendentemente parecido cuando intenta comprender algunas características de nuestro universo. Existen unas cuantas constantes fundamentales —números que aparecen en las ecuaciones con las que describimos la naturaleza— cuyos valores resultan extraordinariamente importantes. Si algunos de esos valores fueran distintos, el universo también lo sería. No un poco distinto. Radicalmente distinto.

Cambiarían las estrellas. Cambiaría la química. Cambiaría la posibilidad de que existieran estructuras complejas. En algunos casos, los márgenes parecen extraordinariamente estrechos. Y es tentador concluir: Qué casualidad.

O incluso intentar calcular lo improbable que era que el universo acabara siendo precisamente este. Pero aquí la ciencia nos obliga a ser más prudentes. Para hablar de probabilidades necesitamos saber cuáles eran las posibilidades.

Pensemos en un dado. Sabemos que tiene seis caras. Sabemos qué resultados puede dar. Si está bien construido, podemos asumir que cada uno tiene una probabilidad aproximada de una entre seis. Por eso tiene sentido sorprendernos si alguien lanza un dado veinte veces y obtiene veinte seises consecutivos. Podemos calcular lo extraño que es porque conocemos el juego. Con el universo, en cambio, tenemos un problema considerable: poque no sabemos cuál era el juego.

No sabemos si las constantes de la naturaleza podían tomar cualquier valor. No sabemos si todos los valores posibles serían igualmente probables. Ni siquiera sabemos si realmente podían haber sido diferentes.

Tal vez algún día descubramos una teoría más profunda que explique por qué tienen exactamente los valores que observamos. Y entonces algo que ahora nos parece una coincidencia extraordinaria dejará de parecerlo. Esto ha ocurrido muchas veces en la historia de la ciencia. Lo que parecía arbitrario resulta estar conectado con algo que todavía no habíamos comprendido.

Y aquí es donde, inevitablemente, pienso en nosotros. No en nosotros como especie. En nosotros, cada uno de nosotros, caminando por la vida. Porque hacemos algo muy parecido con las casualidades. Cuando nos ocurre algo importante, reconstruimos retrospectivamente toda la cadena que condujo hasta allí. Si aquel día no hubiera ido… Si hubiera llegado diez minutos antes… Si no hubiera contestado aquel mensaje… Si hubiera elegido otro trabajo… Si no me hubiera sentado allí…Si no te hubiera conocido…

Y empezamos a multiplicar improbabilidades imaginarias. Una decisión entre diez posibilidades. Un día entre cientos. Una persona entre miles. Un lugar entre millones. Multiplicamos, multiplicamos, multiplicamos. Y obtenemos un número tan diminuto que parece imposible que nuestra vida haya llegado exactamente hasta aquí.

Pero estamos cometiendo una trampa parecida a la que podemos cometer cuando hablamos de las constantes del universo. No conocemos el espacio real de posibilidades. Nuestra vida no es una sucesión de sorteos independientes. Una decisión modifica las siguientes. Una amistad nos lleva a determinados lugares. Un trabajo nos presenta a unas personas y no a otras. Una conversación cambia una decisión posterior. Una decepción nos hace rechazar un camino que antes habríamos aceptado. Lo que nos ocurre transforma, poco a poco, a la persona que tomará la próxima decisión.

Las probabilidades no simplemente se suceden. Se entrelazan. Por eso es extraordinariamente difícil decir qué probabilidad había de que dos personas concretas acabaran encontrándose. Podemos contar todas las calles que no recorrieron, todas las ciudades en las que podrían haber vivido, todas las decisiones que podrían haber tomado. Pero eso no es calcular una probabilidad. Es escribir una historia alternativa. Y hay infinitas.

La ciencia tiene una lección magnífica para estos casos: no confundas aquello que no conoces con aquello que es aleatorio. Que no sepamos explicar toda la cadena causal que ha conducido hasta un resultado no significa que el resultado haya aparecido mágicamente de la nada. Entre la necesidad absoluta y el azar puro existe un territorio inmenso hecho de causas, condicionantes, dependencias, bifurcaciones y contingencias.

Es allí donde ocurre casi todo. También nosotros. Eso no hace que las coincidencias sean menos bellas. Al contrario. Quizá las hace más interesantes. Porque no necesitamos imaginar que el universo estaba conspirando para que dos personas coincidieran en un lugar determinado. Basta con comprender algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, vertiginoso: el presente es el resultado de una cantidad prácticamente incontable de acontecimientos anteriores. Cada instante contiene una historia enorme. La persona que tienes delante ha necesitado toda su vida para llegar hasta allí. Tú también. Millones de decisiones, accidentes, retrasos, errores, mudanzas, conversaciones, personas conocidas y personas perdidas han ido dibujando dos caminos que, durante un instante, coinciden.

No sabemos calcular la probabilidad de eso. Y quizá no necesitemos hacerlo. Hay una diferencia importante entre decir que algo era improbable y descubrir que, una vez ha sucedido, es irrepetible.

Una baraja de cartas tiene aproximadamente 8•1067 ordenaciones posibles. Cuando la barajas, el orden que tienes en las manos es probablemente un orden que nunca antes había existido en toda la historia humana. Y, sin embargo, no nos sorprendemos. Porque cualquier orden concreto era igualmente extraordinario antes de repartir las cartas. Solo después de verlo adquiere significado.

Quizá con la vida ocurra algo parecido. Miramos atrás y nos sorprende la sucesión imposible de acontecimientos que nos ha traído hasta aquí. Pero cualquier otra vida posible también habría estado formada por una sucesión aparentemente imposible de circunstancias.

La improbabilidad, por sí misma, no fabrica significado. El significado lo ponemos nosotros después.Cuando decidimos que aquel encuentro importó. Que aquella conversación nos cambió. Que aquella persona dejó algo. Que aquel instante merecía ser recordado entre los millones de instantes que no recordaremos nunca. La ciencia no puede decirnos qué significa una coincidencia. Pero puede regalarnos algo que, a mi parecer, es todavía más hermoso: la capacidad de maravillarnos sin necesidad de inventar explicaciones.

Podemos mirar las estrellas y admitir que todavía no sabemos por qué las constantes de la naturaleza tienen exactamente esos valores. Podemos mirar nuestra vida y admitir que tampoco sabemos reconstruir todas las causas que nos han llevado hasta determinadas personas, determinados lugares o determinados instantes.

No pasa nada. No saber también forma parte del conocimiento. Quizá algunas coincidencias no sean señales. Quizá tampoco sean simples accidentes. Quizá sean solo puntos en los que dos larguísimas cadenas de causas se cruzan durante un momento.Y eso ya es suficientemente extraordinario.

Porque entre todas las cosas que han ocurrido, todas las personas que se conocieron para que nosotros estuviéramos aquí, entre todas las decisiones tomadas y todas las que nunca llegaron a tomarse, entre todos los caminos que comenzaron mucho antes de que nosotros pudiéramos verlos, este existió.

No sabemos qué probabilidad tenía. Solo sabemos que ocurrió. Y a veces, científicamente hablando, eso es todo lo que podemos afirmar. Humanamente, en cambio, puede ser muchísimo, porque no necesitamos ningún misterio cuántico para que dos trayectorias acaben encontrándose. La causalidad, la contingencia i la probabilidad condicionada ya son suficientemente fascinantes.

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