La tabla periódica (II): el fósforo

Hay descubrimientos que nacen del conocimiento. Otros, de la casualidad. Y unos pocos, los más fascinantes, nacen de perseguir un sueño imposible. La historia del fósforo comienza con uno de esos sueños.

Corría el año 1669. Europa seguía cautivada por la alquimia. Aunque la revolución científica ya había comenzado de la mano de Galileo Galilei, Johannes Kepler o Robert Boyle, muchos hombres de ciencia seguían convencidos de que existía una sustancia capaz de transformar cualquier metal en oro: la legendaria piedra filosofal.
Uno de ellos era Hennig Brand, un comerciante y alquimista alemán que había invertido buena parte de su fortuna en esa búsqueda. Como tantos otros alquimistas, estaba convencido de que el oro no era un metal cualquiera, sino la forma más perfecta de la materia. Si la naturaleza era capaz de producirlo, el ser humano también debía poder hacerlo.
Solo faltaba encontrar el camino.

La lógica de un alquimista

Vista con ojos actuales, la estrategia de Brand parece extravagante. Pero, dentro del pensamiento alquímico, tenía cierta coherencia.
La orina humana era considerada una sustancia especial. Tenía un intenso color amarillento —que evocaba al oro— y era un producto del propio cuerpo, considerado por muchos alquimistas como un microcosmos de la naturaleza. Si existía un lugar donde pudiera esconderse la piedra filosofal, ¿por qué no allí?
Brand comenzó a recoger enormes cantidades de orina. Algunas fuentes hablan de miles de litros. La dejaba fermentar durante días y después la sometía a un largo proceso de evaporación, calentamiento y destilación. Buscaba oro y encontró algo mucho más inesperado.

Una luz nacida de la oscuridad

Al calentar el residuo obtenido de la destilación apareció una sustancia blanca, cerosa, que emitía un débil resplandor verdoso en la oscuridad. Nadie había visto nada parecido. Aquella sustancia ardía espontáneamente al contacto con el aire y parecía contener luz en su interior. Brand la bautizó con un nombre de origen griego: phosphoros, «portador de luz». Había descubierto el fósforo. No sabía qué era exactamente. Tampoco comprendía por qué brillaba. Pero intuía que había encontrado algo extraordinario y guardó celosamente el secreto de su obtención, esperando enriquecerse vendiéndolo a otros alquimistas y príncipes europeos.

El primer elemento descubierto por la ciencia moderna

Aquí conviene hacer una precisión histórica. Antes del fósforo ya se conocían numerosos elementos: oro, plata, cobre, hierro, plomo, mercurio o azufre habían acompañado a la humanidad desde la Antigüedad. Sin embargo, todos ellos se encontraban en la naturaleza y eran conocidos por observación directa.
El fósforo fue distinto. Fue el primer elemento químico descubierto en época moderna y el primero cuya obtención puede atribuirse a una investigación concreta, con un autor y una fecha conocidos. Es, en cierto modo, el primer elemento que tiene un certificado de nacimiento.
Y resulta difícil imaginar un comienzo más irónico para la química moderna: el primer elemento nuevo no apareció buscando comprender la naturaleza, sino intentando fabricar oro.

Del secreto al conocimiento

Como ocurría con frecuencia en la alquimia, Brand intentó mantener en secreto su procedimiento. Sin embargo, el hallazgo terminó difundiéndose. En pocas décadas, químicos como Robert Boyle lograron obtener fósforo por métodos propios y comenzaron a estudiarlo de manera sistemática.
El objeto de estudio había cambiado. Ya no interesaba únicamente su espectacular luminosidad. Había que averiguar qué era aquella sustancia, cómo reaccionaba y cuál era su lugar entre las demás. Sin pretenderlo, Brand había inaugurado una nueva etapa. La alquimia seguía viva, pero uno de sus últimos grandes éxitos iba a convertirse también en uno de los primeros triunfos de la química.

Una paradoja luminosa

La historia del fósforo resume como pocas el tránsito entre dos formas de entender la ciencia. Un alquimista persigue un mito medieval. Fracasa. Y precisamente ese fracaso da lugar al descubrimiento de un elemento real. A veces la historia del conocimiento avanza así: no porque encontremos aquello que buscábamos, sino porque somos capaces de reconocer el valor de aquello que jamás esperábamos encontrar.

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